"Caballero... ¿se da cuenta usted en dónde está parado?", preguntó aquel hombre, sorprendido con la belleza que se encontraba a mi alrededor. Sí, estaba completamente iluminado por la luz que irradiaban las flores de un guayacán rosado. Me embargó la pena al percibir mi mente distraída, loca y centrada en una lejana situación, que no me permitió apreciar tal belleza.
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| Imagen tomada de la web |
Recordé aquel olor de la guayaba que tanto mencionó García Márquez, quien constantemente nos hacía despertar hacia la magia interior, reflejada en la literatura, pero que aún tiene sedienta a una realidad que no entiende lo necesario de conservar dicha fantasía. Nos perdemos de las melodías de un Chopin, de la rebeldía de un Arthur Rimbaud, de las palabras de un Julio Cortázar, de los detalles de un 'Chespirito', de la belleza infinita de una historieta de Disney, de una asombrosa técnica como el iluminismo o de las poesías inconclusas de un Kurt Cobain. Estamos distraídos ante el brillo de una bandeja de plata llamada mundo, el mismo que lanza sus más alucinantes obras de arte, pero que pasan de lado ante nuestra apatía.
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Qué inexplicable resulta describirle a usted, señor lector, esa sensación de placer cuando se despierta a la vida desde nuestro ser. Todo fluye, todo nace desde una perspectiva diferente. Las personas dejan de ser simples personas y se transforman en esos seres que tienen una determinada misión, para ellos mismos y para nosotros, los vagos desentendidos que no encontramos el verdadero valor de vivir. Los pequeños detalles van tejiendo ese despertar, ávido de llenarnos el corazón de plenitud. No se exima de sentirlo.
"¿No le gustan los árboles?", insistió el hombre, aún curioso ante la inmensidad del guayacán. "Me gustan, pero no lo había visto", le respondí. Abrió sus ojos en señal de sorpresa y se retiró lentamente. Desde ese día, los guayacanes rosados me recuerdan que tengo una tarea pendiente: escribir la mejor de las historias.
Autor: Daniel González
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